miércoles, 25 de diciembre de 2013

Concepción sin estrella

¿Por qué vine a Concepción? No lo sé. Es extraño que en una ciudad con ese nombre la navidad pase por desapercibida. O al menos para mí, es como si nada hubiera pasado. En Santiago sentí cierta tensión en algunos lugares, por ejemplo en el Palacio de la Moneda, donde unos perros me ladraban delante de un carabinero, acaso más rabioso que esos mugrientos animales. Pero en Concepción, cuna del MIR, no pude encontrar los ecos de esas voces, no alcancé a dar con las huellas de aquellos pasos. Tampoco, volviendo al presente, estaban los ruidos previsibles por los festejos navideños. Nada. Las calles vacías, mudas. Como si una gran boca se hubiera devorado todo rastro de civilización o incluso de barbarie. No había nada. Ni gritos de alegría ni gritos de terror. Ni ruidos de vidrios rotos ni la estridencia de los petardos. Como si una gran noche ausente se hubiera tragado todo, la voz y el cuerpo, el sonido y la furia. Ni siquiera pude dar con los pasos de aquella estrella distante de Bolaño. ¿En dónde estaban los talleres de Juan Stein y de Diego Soto? ¿A qué edificio pertenecía la habitación sangrante de la que Bibiano no podía escaparse ni en sus recuerdos? ¿En dónde hay algún rastro, poema o detalle mínimo que remita a las hermanas Garmendia? Nada. Como si quedaran menos que palabras. Solo viento y silencio. Como si aquella novela hubiera sido escrita en el aire y todo hubiera quedado diluido por la invisible brisa del ahora.

martes, 26 de noviembre de 2013

Fuera de lugar



Fin del fin de semana largo. ¿Por qué no venís con nosotros a Pinamar? Porque quiero descansar –además del trabajo- de mi familia. Mi familia era muy amiga de aquella otra familia. Ellos eran tan amables, tan correctos. Él era un padre ejemplar, comprensivo, reflexivo, observador. Eran tan observador que no dejó escapar ese Fiat 600 que andaba dando vueltas por aquella Pinamar del 87. ¿Qué hacen esos tipos acá con ese auto?, preguntó el padre ejemplar. Seguramente no vienen de veraneo. Un buen padre no es solamente quien provee, como dijo alguna vez Gus al aturdido Walt. Un padre también protege. Y la observación de aquel padre apuntaba a eso, sentía que de alguna manera su familia peligraba con esa manga de indeseables, dando vueltas quién sabe con qué finalidad, como una pieza que no cuadraba en ese rompecabezas de casas en donde se hablaba de CR o de cómo el trazado de los caminos asfaltados había respetado la ondulación de las dunas. Todavía escucho el comentario de aquel padre ejemplar y sus palabras tienen una resonancia que se acerca al tono de la Ocampo cuando hablaba del aluvión zoológico. ¿Qué vienen a hacer esos tipos acá? La misma pregunta repetida tantas veces. No es casual que gracias a aquel padre de familia yo conseguí trabajo en esta escuela tan exclusiva. Y es en esta mismísima escuela en donde me preguntan qué me propongo al traer a esos tipos. Sí, esos tipos que lo único que saben es tocar el bombo y comer choripanes. Como si la misma pregunta se sostuviera en el tiempo a través de diferentes voces. Y nuevamente mis padres me preguntan si no quiero ir a Pinamar. Y la verdad que no. Tal vez no solamente porque quiero descansar, sino porque yo también soy como esos negros del Fiat 600. Porque de alguna manera o de muchas, si hubiera ido me habría sentido fuera de lugar. O fuera de una realidad a la que ya no pertenezco.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Cosa de negros

Resucitar después de este extendido letargo, después de haber estado sumergido en las profundidades de la Nada misma. Primer paso: dar el primer paso. Segundo paso: comprobar que la fractura soldó. Tercer paso: retomar mi propio ritmo. Cuarto paso: ¿y ahora qué? Y ahora vuelvo a dar clases de natación, vuelvo a nadar, vuelvo a jugar con los chicos. Pero hay algo más. Vuelvo a un punto en el que nunca había estado. Porque ahora hay elecciones. Pero no hablo de las legislativas. Ahora me presento como candidato para ser delegado sindical en mi escuela. Y entonces a mi madre se le prende una luz de alerta y se pregunta si no era preferible mi anterior inactividad. Y en la escuela se activan varias alarmas, se viene el sindicato, se viene el mal, nos va a contaminar, no sabemos muy bien qué es pero sin dudas debe ser algo terrible, catastrófico. ¿Por qué hacés eso? ¿Para qué los traés? ¿Es necesario? ¿Justo ahora? ¿No te das cuenta de que solamente van a generar más tensiones y un clima terriblemente hostil? ¿No ves que estamos mejor así? ¿Quién te dijo que necesitamos a esa gente? Ya decirles gente es un acto de generosidad, porque son menos que eso, vienen quién sabe con qué intenciones, vienen a corrompernos... y nosotros no lo vamos a permitir. Porque ellos no son como nosotros. Vos deberías saberlo. Vos deberías defendernos de ellos, porque vos sos uno de nosotros, ¿o no? Vos sos Irbauch, a pesar de que nunca quisiste estudiar alemán sabés muy bien que tu apellido, correctamente pronunciado, termina con un sonido sordo de tu garganta, como si quisieras sacar un gargajo y escupírselo a esos indeseables que vienen a ensuciar nuestra escuela, que hasta ahora estaba intacta, inmaculada. Nuestra escuela, nuestra familia, nosotros. Nosotros, que tenemos tradición. Nosotros, que tenemos idioma. Nosotros, que pertenecemos. ¿Quiénes son ellos para venir a decirnos cómo hacer las cosas? ¿Cuál es el límite? ¿Acaso creés que van a respetar ese límite? ¿Y vos, en dónde estás? ¿En dónde vas a estar? ¿Sos Irbauch... o sos como esos negros que trajiste? Sí, como esos negros. Porque podés hablar de derechos, de obligaciones, de justicia, de proyectos... pero si hay algo que no te vamos a perdonar en nuestro entrañable entorno escolar y familiar es que nos metas a toda esa negrada.

domingo, 22 de septiembre de 2013

El empleo del tiempo

Hola, hijo. ¿Qué tal? ¿Cómo estás? Bien ¿Qué estás haciendo? Nada. ¿Cómo nada? Nada. ¿Descansando? No, ¿descansando de qué? ¿De no hacer nada? No estoy cansado. Ah. Silencio. Pero me imagino que tendrás planes. No. ¿Qué pensás hacer el fin de semana? No sé. ¿No querés que vayamos al cine o al teatro? Podemos conseguir entradas. Uf, ahí viene otra vez. El temor a mi no hacer nada, a este hacer la plancha y admitirlo sin vueltas. ¿Estará deprimido? No, ¿cómo explicarle lo fabuloso que es estar tirado sin hacer nada? Es ella la que nació en Santiago del Estero y sin embargo soy yo el que terminó heredando la esencia de ese transitar en la quietud tan norteña, de ese ritmo cansino que no asesina a un tiempo que quiere imponerse a toda costa pero sí le da una bofetada a su insoportable paso frenético que se rige por el tic tac de un reloj omnipresente. Es ella la que nació en la tierra donde la siesta es sagrada y el no hacer nada religión. Pero a ella los mandatos divinos de los aires del kakuy parecen haberla salteado, tan activa, tan ocupada siempre, con tantas cosas, simposios, artículos, charlas, cursos, seminarios, pacientes, casos muy interesantes, ciclos de cine, debates, más cursos, más seminarios, talleres... y frente a todo eso, mi nada que la mira desde su nadería misma y ella que no le devuelve la mirada, que prefiere repreguntarme, qué te gustaría hacer, como una madre cariñosa, pero también sobreprotectora que teme que yo sea Atreyum aproximándome al abismo, a la boca de la Nada misma. ¿Cómo explicarle lo que no quiere entender? Sí, me encanta el cine, pero no me atrae lo que hay en cartel. Para ella estoy tirado en un rincón mirando cualquier porquería en la tele, el cerebro achicharrado, el cuerpo reducido y amoldado al hueco que se forma en el colchón. Si esa idea de lo que soy yo o de lo que puedo estar haciendo en este momento la angustia, ¿qué culpa tengo? ¿Qué tengo yo que ver con ése que ella cree que soy? ¿De qué sirve decirle que un capítulo de Breaking Bad visto de canto vale -palabras textuales de Fernando Martín Peña- por toda la producción de Hollywood en un año? Si total esa acción que es ver tele para ella es equiparable a mi no hacer nada. Me pregunta qué me pasa que no hago algo productivo. Ahí está. Algo productivo. Producir como una manera de actuar. Si yo soy yo por mis acciones, también lo soy por lo que produzco. Y si no produzco nada, si no hago nada, entonces no soy nada. Bien, no soy nada. Pero, ¿qué es lo que te pasa? Nada. Ya sé lo que le da vueltas en la cabeza. ¿Por qué estás tan solo? Nuevamente el mandato familiar, estar en pareja, formar una familia, tener hijos, hacerse cargo. Como Walter White, que se hace cargo. No quería entrar en las grandes ligas, pero el bueno de Gus lo convence. A man provides. Because he's a man. Juego de tautologías, un hombre debe proveer todo lo necesario a su familia y debe hacerlo por la sencilla razón de que es un hombre, está implícito en la condición de ser hombre el predicado que presupone que no va a hacer otra cosa que proveer. Gus es contundente. Y sabe cómo decir las cosas. No porque sea lo correcto, sino simplemente porque quiere que su negocio le salga redondo. Y aparentemente lo logra. Aparentemente, porque un hombre es mucho más que alguien que provee, es alguien que puede estallar e invertir todo. O también un hombre puede ser mucho menos que alguien que provee. No hay equivalencias exactas en el lenguaje, mucho menos en lo que se supone que un hombre es o debería ser. Y frente a lo que soy o debería ser está mi nada, mi no ser, mi sombra de acción que según mi padre puede ser potencia (él siempre con su bendito Spinoza) o por qué no la pura inercia que deviene de lo que ya no soy. De todas formas, la corriente no tira tan fuerte, no voy aguas abajo, no se avecina una catarata ni mucho menos se escuchan los aullidos del lobo que quiere atacar a Atreyum en un mundo que amenaza con desmoronarse. O tal vez el lobo ya pasó. Si me preguntan a mí, no creo que el lobo haya pasado ni pase alguna vez porque la Nada no necesita emisarios. Por favor, ¿a quién se le ocurre que la Nada va a mandar a un pichicho? ¿Para qué? No, cuando la Nada está presente, no hay aullido que valga. Mejor dicho, no hay aullido. No hay sonido ni furia. No hay verbo ni acción. Y no está tan mal que así sea. Puede que ya haya llegado. De hecho, creo que ya está instalada. Sí. La Nada está acá y después de todo, no es tan temible como la pintaban mi mamá y Michael Ende.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Lo que prevalece

A cuarenta años de ese discurso, a cuarenta años de los bombardeos, a cuarenta años del golpe, a cuarenta años de la noche que entró en la casa de las hermanas Garmendia, como en tantas otras casas, esa noche que todavía no se ha ido del todo, como queriendo contraponer el peso de su oscuridad al resplandor de la democracia más duradera en Latinoamérica que la antecedió, a cuarenta septiembres que no logran dar la medida de lo que fue aquel septiembre negro, ¿qué queda, qué es lo que prevalece? La tapa de El Mercurio habla de Siria, del partido de la roja contra la selección española, del exitoso cierre de esta temporada de esquí. Habla de muchas cosas, pero lo que más pesa es su omisión. Es necesario transitar por ese diario para ir descubriendo lo que la primera página no quería mostrar: no solamente no condena el golpe, sino que lo enaltece. Palabras textuales de Gonzalo Rojas: "El 11 de septiembre de 1973 es otra cosa: por primera y única vez en la historia de Chile, se invoca el derecho de rebelión para deponer al gobierno ilegítimo, inmoral y no representativo del gran sentir nacional". La vía libre para la tortura y el asesinato es el derecho de rebelión. Qué será para este periodista el gran sentir nacional, el gran sentir de su columnista vecino, un demócrata como Orlando Sáenz, que explica por qué no va a apoyar a Michelle Bachelet pero no dice cómo colaboró con el golpe de Augusto Pinochet, aunque el informe del Comité Church lo deja bien en claro. Por la forma en que están distribuidos los artículos del principal matutino transandino puede hacerse una lectura bastante nítida: debajo de esas "Opiniones al cabo de 40 años" (que no son otra cosa que un intento absurdo de justificar mediante la estadística por qué la inseguridad debería prevalecer en la agenda chilena frente a la política de Derechos Humanos) hay una advertencia: ojo que ahora los números cierran, cuidado que Chile puede gloriarse de "su inédito consumo", pero no sabemos hasta cuándo, dependiendo de las políticas que implemente el próximo gobierno. Y de remate, una didáctica explicación de por qué hubo que bajar el impuesto a la renta a las compañías mineras privadas. Qué más decir. Es necesario recordar el pasado, pero también hay que estar atentos al presente que estos perros rabiosos ladran y al futuro que auguran. Es necesario también leer a otro Rojas, Miguel Rojas, que en otro diario -El Mercurio jamás lo habría permitido- hace de su artículo un lúcido mapa en movimiento, en el que se evidencia no sólo las huellas de los crímenes en la memoria de las personas, sino el cambio sufrido en las mismas ciudades, su relevamiento es como una cartografía del crimen, de ese trazo planificado que establece que el centro de Santiago ha dejado de ser una plaza para darles lugar a los grandes centros comerciales. Ahora pienso en mis viajes a Chile con mi familia. El primero fue en 1988. No dejaban pasar a mi abuelo. Como era ruso le cerraron el paso en la frontera. Vayan, vayan ustedes, decía, yo me vuelvo solito a casa. Pobre viejo, en lugar de ir a Santiago de Chile quería volverse a su Santiago del Estero. Finalmente, pasamos todos, pero ya desde la frontera estábamos avisados que se trataba de otro país, de otra realidad, de otro presente. Lo noté también por el tono indignado de una mujer que nos orientó cuando estábamos perdidos. Yo la escuchaba, la quería seguir escuchando, a pesar de que entendiera poco, a pesar de que mis doce años no pudieran darle el alcance necesario a sus palabras. Muchos años más tarde las palabras de otra mujer chilena generaron algo más que un diálogo. Fue en Curitiba. Estaba en un banco para cambiar dinero, antes la tenían que atender a ella, pero ni los empleados podían entenderla ni ella comprendía una palabra de portugués. Me ofrecí como intérprete y me sonrió agradecida. Yo solamente quería ayudarla a agilizar el trámite, nada más. Entonces ella dejó de preguntarme qué significaba poupança o caixa, cómo decir esto o cómo pronunciar aquello, empezó a preguntarme de dónde era, qué hacía, a qué me dedicaba. Recién arrancaba el año 2002 y las palabras como crisis o corralito rodeaban inevitablemente el aura de cualquier argentino. Yo no quería hablar del tema, menos con ella, pero ella seguía avanzando, yo respondía con monosílabos, con un movimiento de cabeza, tratando de cortarla, pero ella continuaba. Podría haber quedado ahí, que pensara lo que quisiera, que estaba cambiando los últimos mangos que tenía, que venía de una ciudad o un país en llamas, que en definitiva seguía siendo mi país, al que pensaba volver, podría haber terminado ese pequeño cuestionario inquisitivo con un silencio y ya. Pero no, ella necesitaba dar su veredicto, por eso dijo que el problema nuestro era que no habíamos terminado bien las cosas. ¿Qué? Que no han cortao el problema de raíz, po. ¿De qué está hablando? Que no han hecho el trabajo completo, po. A esta altura sospechaba lo que estaba por decir, lo había sospechado desde un principio, como el Chapulín, pero ya no podía seguir haciéndome el estúpido. ¿Qué trabajo? Que no habei aniquilao a todos los guerrilleros, po, que habei dejao a varios de pie, ¿cachai? Ahí sí que no pude contenerme y empecé a gritarle y a insultarla y los empleados que decían antes qué muchacho tan atento y educado que hace de intérprete de tan distinguida dama no comprendían por qué el muchacho la puteaba a los cuatro vientos completamente sacado... pero lo que más sacaba de quicio a ese muchacho, lo que más loco me ponía era que la vieja de mierda seguía diciendo lo mismo con total parsimonia, manteniendo esa sonrisa y ese tonito condescendiente. De todas formas, ahora que lo pienso, era esperable ese comentario de aquella mujer. Más esperable que el de esa parejita de Santiago que conocí en la Isla del Sol el año pasado, se supone que todos estábamos en la misma, mochileros, hay ciertos códigos, podemos compartir el pan, el agua, podemos no estar de acuerdo sobre el origen del pisco, que es peruano, que es chileno, pero hay patrones que se mantienen en toda Latinoamérica y hasta diría en el mundo entero, un si bemol es un si bemol acá, allá y en todas partes, los banqueros siempre fueron, son y serán una manga de estafadores (no hace falta leer a Brecht para llegar a esa conclusión)... y la yuta siempre reprimió y va a seguir haciéndolo... pero entonces ellos saltaron aclarando que era verdad, po, menos en Chile, que ahí los carabineros no reprimen, ¿qué?, que no reprimen, ¿qué te fumaste? ¿cómo que no reprimen?, no, po, ¿y dónde carajo estabas cuando cagaban a palos a los estudiantes?, no, que fueron ellos los que han empezao, po, ¿qué? que sí, po, que ellos los han provocao y los carabineros se han defendido, po, ¿pero de qué carajo estás hablando? ¿vos te creés todo lo que dice El Mercurio?, no, po, es la verdad, ¿de qué mierda me estás hablando? ¿quién te mandó a decir esas pelotudeces, Piñera? Y nuevamente me sacaron, como esa mujer diez años antes, aunque esta vez entendía menos, porque eran pibes como yo, que hablaban de la unidad latinoamericana, de los ciclos de democracias y dictaduras, de la sociedad consumista, de tantas cosas más... que de repente me salían con eso, como si los carabineros fueran los arcángeles de la Madre Teresa, la puta que los parió, a los carabineros y a esa parejita de pelotudos jugándola de progres y al mismo tiempo embanderados en los mismos argumentos que esgrimen energúmenos como Gonzalo Rojas y Orlando Sáenz. Entonces vuelvo a la misma pregunta del principio, a cuarenta años, ¿qué es lo que queda, qué prevalece? Busco un refugio en la memoria, más allá de esa parejita de mochileros, más allá de la aristocrática mujer del banco de Curitiba, más allá de la frontera en donde querían retener a mi abuelo. Tal vez para buscar la manera de enfrentar ese abismo deba situarme en un abismo similar. Y es ahí donde empiezo a encontrar una respuesta. Porque es en ese centro cultural que alguna vez fue la Escuela de Mecánica de la Armada donde escucho una voz que sostiene otra mirada. Pedro Lemebel se presenta, lo antecede su voz, una voz de ultratumba, una voz sin voz, ya que acaba de ser operado de las cuerdas vocales, y aun así, con tanta potencia, con tanta profundidad, con tanto caudal. El médico le había avisado que tal vez no iba a poder hablar, entonces él le dijo que antes de que lo durmieran con la anestesia quería decir sus últimas palabras, cómo no, asintió el cirujano, diga, ¡Piñera, la concha de tu madre! Todos nos reímos. Pero Pedro siguió hablando, a pesar de la operación, siguió y sigue peleando, ya dio tantas batallas, contra los putos carabineros, contra tantas bayonetas, sin privarse de escupirle en la cara sus verdades a cualquier funcionario de turno, siguió y sigue batallando contra tanto más, contra el sida, contra el cáncer y no deja de reírse hasta de su propia muerte, de su puta muerte, tan emputecidamente cansada de perder una vez más la pulseada con la loca más putamente loca de todas, la más genial, que te hace reír como ninguna y al mismo tiempo te deja las palabras atragantadas, con esa voz en la que confluyen tantas voces, aunque esté ronca, jamás se va a callar y va a seguir al pie del cañón retratando con sus crónicas la mejor de las aguafuertes de un Chile que puede vislumbrarse al raspar de las piedras algo más que el musguito, al rasguñar los muros y contemplar a través de la cámara de Patricio Guzmán un grito tapado por tanta pintura, por tantos años grises, un Chile que reaparece al romper en pedazos las hojas de El Mercurio, al hacer añicos sus frases, su cuidada sintaxis, sus palabras, como lo hace Catalina Parra en esa mirada oblicua hacia el monstruo, para no quedar convertida en piedra, para estar siempre en movimiento y darle otra dimensión a su obra, que es mucho más que un pastiche de imágenes, palabras y acción, que sostiene el puño en alto, el mismo puño que sostuvo Víctor Jara, el mismo puño que no pudieron quebrarle, aunque lo molieran a palos, una y cien veces, el mismo puño que se levanta con estos estudiantes y que por más armados y preparados que estén los carabineros va a mantenerse cada vez más arriba, como una pregunta sin respuesta que resuena y va a seguir resonando, a pesar de que tantos orangutanes vestidos de saco y corbata se tapen los oídos y los ojos, a pesar de que chillen, pataleen y sigan mirando para otro lado.

martes, 10 de septiembre de 2013

Breaking Bad

Pirar, enloquecerse, tomar por el mal camino, caer bajo, corromperse. Dar algo más que un golpe de dados, lanzar ese cross a la mandíbula y al mismo tiempo desmoronarse por el knock out. La traducción casi literal no se aleja tanto del original: romper, romper mal, romper mal con todo. Romper una forma de vida, dar un vuelco irreversible, irremediable, inevitable. Romper y disolver los cuerpos vivos y muertos, romper y disolver las relaciones, vaciar el sentido de cada frase, de cada palabra, volver cada expresión hueca, extraña, contraria o desapegada completamente de lo que en algún momento pudo haber significado. Romper las promesas, las creencias, los afectos. Romper la fe. Romper la sagrada trinidad: tradición, familia y trabajo. Romper los tabúes, patearlos, tirarlos abajo, pisotearlos y reírse de ellos. Romper todo sin dejar nada en pie, ningún tótem siquiera, ningún lugar de resguardo. No limitarse a violar la ley, hacer de la ley un conjunto de normas inconexas que ya no tienen sustento en nada, un edificio que pronto va a implosionar y va a quedar reducido a escombros. Romper una genealogía completa y un prominente porvenir en nombre de la nada. Romper huesos, cristales, seguir rompiendo hasta que todo quede astillado o reducido a polvo, hasta que el silencio ya no sea el preludio de voces o disparos, sino la ausencia en una medida abismal, sin escalas. Ninguna melodía predomina, ningún color. O sí, el inconfundible color del dinero que emana ese olor verde y queda impregnado en la retina, en la nariz, en el sabor del almuerzo y la cena. Por qué no entrar en esa cocina en donde se cuecen mucho más que habas. Con ustedes, los primeros pasos rumbo a este infierno que vale la pena conocer. Buen provecho.

Breaking Bad - Temporada 1
http://verbreakingbadonline.com/breaking-bad-online-temporada-1.html

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