Lo recuerdo hace dos años en el
Conti con esa voz de ultratumba, después de la operación. El cirujano le había
advertido que podía quedar sin voz. Por eso, antes de entrar al quirófano,
pidió permiso para decir sus últimas palabras. Y ante el cuerpo médico que
aceptó el pedido, exclamó: "¡Piñera, conchitumadre!" Recuerdo cómo me
hizo reír esa tarde. Ese humor ácido, esa ternura feroz, esa forma de ver,
decir y vivir. Estábamos en lo que alguna vez había sido uno de los mayores
centros de tortura de Latinoamérica. Pero esta vez él era el que llevaba la voz
cantante. Aunque estuviera ronco, aunque el bisturí le hubiera pintado ese
sonido sordo que hacía de su voz su propio eco. ¿Qué le van a decir a él de
militancia? Ahora todos podemos hablar de diversidad, ¿quién carajo se animaba
en el verano del 73 a calzarse los tacos, el vestido y montarse como una yegua
a los soldados que venían a combatir el apocalipsis? ¿Quién fue capaz de
reinventar un idioma, una manera de relatar que se devora y se burla de sí misma?
¿Qué son esas palabras, esos términos que no figuran en la Real Academia
Española? ¿Qué son esos listados de locas y colizas que escapan a cualquier
intento de categorización? Porque sus crónicas son mucho más que crónicas.
Porque no hay género que lo clasifique ni a Lemebel ni a su obra. Porque nos enseñó
a reírnos de todo, sobre todo, de nuestros propios tabúes. Nos hizo reírnos
tantas veces de los militares y sus bayonetas, de un Pinochet con los
pantalones cagados, de esos ciegos burócratas que creen que la democracia es un
abuso de la estadística, de esas viejas copetudas arribistas, de estas colizas,
locas hasta rabiar, hasta reventar de risa. Nos hizo reír hasta del sida, nos
hizo reír de los intentos fallidos de algunos de mantener al sida bajo un velo
de solemnidad. Y ahora, no digan que no sigue dando batalla. Porque se
ríe de la Muerte, de una Muerte con mayúsculas, de esta puta Muerte que hace
tiempo lo está esperando. Es que con tanto fiambre avinagrado, la Muerte
también tiene derecho a divertirse. Y seguramente, quebrando un forzado
silencio fúnebre, la voz de Pedro suena y resuena, haciéndose eco de risas y
más risas, como para que no queden dudas de quién tiene la última palabra.
sábado, 24 de enero de 2015
lunes, 21 de abril de 2014
Cien años de libertad
Cena en familia quebrando todos los preceptos, hay pan con levadura, hay carne, somos unos herejes, se mire por donde se mire. Pero la pregunta no falta, no puede faltar. ¿Qué es la libertad? Menos si la hace mi viejo... y si la que responde es Sofi. ¿Qué es ser libre? Sofi se revuelve en el asiento, se ríe, se toca el pelo, se vuelve a reír... y finalmente nos dice... ser libre es estar solo. Nos quedamos callados, de una pieza. Por qué no. Cuando está con los abuelos, con los padres, con los tíos, con tanta gente que la quiere y la cuida tanto... no puede hacer lo que se le canta... pero cuando está sola... ahhhh, cuando está sola, eso sí que es libertad.
lunes, 24 de marzo de 2014
Esperando
No está mal la pregunta que me hicieron el viernes en el ISTLyR. ¿Qué recuerdos personales tenés guardados de la última dictadura? No algo que hayas leído en los diarios o en un libro, algo que hayas vivido. Me acuerdo que a los cinco y a los seis años no me gustaba que mis papás salieran de noche. ¿A dónde van? A ver una película. ¿A qué hora vuelven? No sé, ¿por qué controlás tanto? Parece al revés, como si vos fueras nuestro papá. Una vez mi tío Herman me preguntó por qué me ponía nervioso cuando mis papás salían de noche. Porque pensaba que algo les podía pasar. ¿Qué cosa? No sé, algo malo. ¿Como qué? No lo sé... algo que no les permitiera volver nunca más a casa, que el tiempo pasara y pareciera que la tierra se los hubiera tragado. Cuando salían a una fiesta, al teatro o al cine yo me quedaba en el living mirando ese cuadro de Jeremías contemplando la destrucción del templo. A veces merodeaba por la biblioteca. Me acuerdo cuando encontré aquel libro con esa tapa horrenda, en la que un viejo de pelo largo y canoso que abría los ojos como un desquiciado devoraba el cuerpo de un joven. Después aprendí a leer y me enteré de que era Saturno comiéndose a su propio hijo. Peor. Arnaldo Rascovsky había elegido el famoso cuadro de Goya para la tapa de La matanza de los hijos y otros ensayos y mi mamá tenía ese libro ahí, a mano, alimentando mi espanto y fascinación. ¿Qué podría pasarles a tus papás?, indagaba el tío Herman. No tenés que creer todo lo que dicen en la tele. En la vida real no pasan esas cosas. ¿Realmente creía lo que decía? Papá decía que la realidad superaba la ficción. ¿Cuál era el gran temor? Acaso que no volvieran nunca más... pero lo peor, que no hubiera rastro de ellos, que nada indicara su ausencia más que mi espera. Ni Saturno ni Jeremías eran grandes compañeros. El templo de Jerusalén igual iba a ser destruido y no podía evitarse lo que Júpiter estaba por hacer, por más que a Saturno le pintara el canibalismo o terminara llenándose la boca de piedras.
miércoles, 25 de diciembre de 2013
Concepción sin estrella
¿Por qué vine a Concepción? No lo sé. Es extraño que en una ciudad con ese nombre la navidad pase por desapercibida. O al menos para mí, es como si nada hubiera pasado. En Santiago sentí cierta tensión en algunos lugares, por ejemplo en el Palacio de la Moneda, donde unos perros me ladraban delante de un carabinero, acaso más rabioso que esos mugrientos animales. Pero en Concepción, cuna del MIR, no pude encontrar los ecos de esas voces, no alcancé a dar con las huellas de aquellos pasos. Tampoco, volviendo al presente, estaban los ruidos previsibles por los festejos navideños. Nada. Las calles vacías, mudas. Como si una gran boca se hubiera devorado todo rastro de civilización o incluso de barbarie. No había nada. Ni gritos de alegría ni gritos de terror. Ni ruidos de vidrios rotos ni la estridencia de los petardos. Como si una gran noche ausente se hubiera tragado todo, la voz y el cuerpo, el sonido y la furia. Ni siquiera pude dar con los pasos de aquella estrella distante de Bolaño. ¿En dónde estaban los talleres de Juan Stein y de Diego Soto? ¿A qué edificio pertenecía la habitación sangrante de la que Bibiano no podía escaparse ni en sus recuerdos? ¿En dónde hay algún rastro, poema o detalle mínimo que remita a las hermanas Garmendia? Nada. Como si quedaran menos que palabras. Solo viento y silencio. Como si aquella novela hubiera sido escrita en el aire y todo hubiera quedado diluido por la invisible brisa del ahora.
martes, 3 de diciembre de 2013
martes, 26 de noviembre de 2013
Fuera de lugar
Fin del fin de semana largo. ¿Por qué no venís con nosotros
a Pinamar? Porque quiero descansar –además del trabajo- de mi familia. Mi
familia era muy amiga de aquella otra familia. Ellos eran tan amables, tan
correctos. Él era un padre ejemplar, comprensivo, reflexivo, observador. Eran
tan observador que no dejó escapar ese Fiat 600 que andaba dando vueltas por
aquella Pinamar del 87. ¿Qué hacen esos tipos acá con ese auto?, preguntó el
padre ejemplar. Seguramente no vienen de veraneo. Un buen padre no es solamente
quien provee, como dijo alguna vez Gus al aturdido Walt. Un padre también
protege. Y la observación de aquel padre apuntaba a eso, sentía que de alguna
manera su familia peligraba con esa manga de indeseables, dando vueltas quién
sabe con qué finalidad, como una pieza que no cuadraba en ese rompecabezas de
casas en donde se hablaba de CR o de cómo el trazado de los caminos asfaltados había
respetado la ondulación de las dunas. Todavía escucho el comentario de aquel
padre ejemplar y sus palabras tienen una resonancia que se acerca al tono de la
Ocampo cuando hablaba del aluvión zoológico. ¿Qué vienen a hacer esos tipos
acá? La misma pregunta repetida tantas veces. No es casual que gracias a aquel
padre de familia yo conseguí trabajo en esta escuela tan exclusiva. Y es en esta
mismísima escuela en donde me preguntan qué me propongo al traer a esos tipos.
Sí, esos tipos que lo único que saben es tocar el bombo y comer choripanes.
Como si la misma pregunta se sostuviera en el tiempo a través de diferentes voces.
Y nuevamente mis padres me preguntan si no quiero ir a Pinamar. Y la verdad que
no. Tal vez no solamente porque quiero descansar, sino porque yo también soy
como esos negros del Fiat 600. Porque de alguna manera o de muchas, si hubiera
ido me habría sentido fuera de lugar. O fuera de una realidad a la que ya no
pertenezco.
viernes, 22 de noviembre de 2013
Cosa de negros
Resucitar después de este
extendido letargo, después de haber estado sumergido en las profundidades de la
Nada misma. Primer paso: dar el primer paso. Segundo paso: comprobar que la
fractura soldó. Tercer paso: retomar mi propio ritmo. Cuarto paso: ¿y ahora
qué? Y ahora vuelvo a dar clases de natación, vuelvo a nadar, vuelvo a jugar
con los chicos. Pero hay algo más. Vuelvo a un punto en el que nunca había
estado. Porque ahora hay elecciones. Pero no hablo de las legislativas. Ahora
me presento como candidato para ser delegado sindical en mi escuela. Y entonces
a mi madre se le prende una luz de alerta y se pregunta si no era preferible mi
anterior inactividad. Y en la escuela se activan varias alarmas, se viene el
sindicato, se viene el mal, nos va a contaminar, no sabemos muy bien qué es
pero sin dudas debe ser algo terrible, catastrófico. ¿Por qué hacés eso? ¿Para
qué los traés? ¿Es necesario? ¿Justo ahora? ¿No te das cuenta de que solamente
van a generar más tensiones y un clima terriblemente hostil? ¿No ves que estamos
mejor así? ¿Quién te dijo que necesitamos a esa gente? Ya decirles gente es un
acto de generosidad, porque son menos que eso, vienen quién sabe con qué
intenciones, vienen a corrompernos... y nosotros no lo vamos a permitir. Porque
ellos no son como nosotros. Vos deberías saberlo. Vos deberías defendernos de
ellos, porque vos sos uno de nosotros, ¿o no? Vos sos Irbauch, a pesar de que
nunca quisiste estudiar alemán sabés muy bien que tu apellido, correctamente
pronunciado, termina con un sonido sordo de tu garganta, como si quisieras
sacar un gargajo y escupírselo a esos indeseables que vienen a ensuciar nuestra
escuela, que hasta ahora estaba intacta, inmaculada. Nuestra escuela, nuestra
familia, nosotros. Nosotros, que tenemos tradición. Nosotros, que tenemos
idioma. Nosotros, que pertenecemos. ¿Quiénes son ellos para venir a decirnos
cómo hacer las cosas? ¿Cuál es el límite? ¿Acaso creés que van a respetar ese
límite? ¿Y vos, en dónde estás? ¿En dónde vas a estar? ¿Sos Irbauch... o sos
como esos negros que trajiste? Sí, como esos negros. Porque podés hablar de
derechos, de obligaciones, de justicia, de proyectos... pero si hay algo que no
te vamos a perdonar en nuestro entrañable entorno escolar y familiar es que nos
metas a toda esa negrada.
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