Camino rápido, cada vez más rápido. Siento el aire en cada paso. Al trote, después corriendo. Me siento liviano, rodeado de aire, siendo yo mismo viento. Nada me ata. O sí. Un reloj, la hora, no saber si es temprano o tarde, si esas agujas están en su tiempo, si señalan mi tiempo o cualquier otra cosa. Paro de correr, de trotar, de caminar. Me pasé. Estoy más lejos de lo que pensaba. Entro a un café. Agarro un teléfono y llamo al 113. Es temprano. Muy temprano. Mi reloj miente para que crea que es demasiado tarde, para que abandone cualquier carrera, cualquier batalla. Me mando una medialuna y salgo a la calle. La calle es mía. El tiempo es mío. Y yo elijo mi recorrido, mi paso, mi destino y no este reloj de mierda. Reanudo mi paso, más firme, más decidido, sabiendo a dónde voy, cuál es mi camino y mi tiempo. Dentro y fuera de este sueño. Al despertar veo un rayo de sol que se refleja en el reloj que está sobre la biblioteca y nada me parece tan inmóvil como sus agujas.
domingo, 18 de julio de 2021
miércoles, 6 de enero de 2021
Una joda de película
Estoy en un cine. Mejor dicho, en un lugar donde hay dos salas de proyección. Van a pasar dos películas simultáneamente: una rusa y otra norteamericana. El evento –si es que puede llamarse así- está organizado por dos cátedras de Filo. Los integrantes de una cátedra quieren hacerles una joda a los de la otra. La idea es adulterar la película y generar una situación extraña durante la proyección. Yo soy cómplice de eso. O al menos piden mi colaboración. No sé por qué soy parte de ese plan, no sé a qué cátedra pertenezco (si es que formo parte de alguna). Lo único interesante de todo eso es que para apagar las luces y poner en marcha el plan voy a tener que atravesar la sala volando. No sé si puedo volar por un aparato un tanto estrambótico o por la magia del sueño (o tal vez por ambas cosas). Si es por el aparato se complica, porque tiene un motor muy ruidoso. Sin embargo, creo que no se dan cuenta de lo que estoy haciendo. Parece que el plan se lleva a cabo exitosamente. Parece, digo, porque nadie (salvo los mentores y yo) se da cuenta de que es una broma. Es decir, ven la película sin notar nada raro. Está bien para el principio, que no se deschave la broma antes de tiempo. Pero si todo sigue igual hasta el final, sin que nadie haya notado nada, la broma termina teniendo un sabor a fracaso, acentuado por la cara de misión cumplida de los ideólogos. Ese gesto de satisfacción transforma el fracaso en algo más patético. Me pregunto cómo es que no se dan cuenta de que ese plan tan ingenioso en realidad es una bosta. Tal vez estoy minimizando su capacidad de negación. Uno de ellos me pide que devuelva la película rusa original en VHS. Le pregunto si no está en la sala, donde acaba de terminar la proyección. Me dice que no, que la que está en la sala de proyecciones es una copia adulterada para llevar a cabo el plan, la película original está en esa cajita en VHS que me está dando. Me sorprende que todavía esté vigente el VHS en mi sueño. Tengo que llamar al service para hacer un par de actualizaciones.
miércoles, 23 de diciembre de 2020
El sueño de otro
Mejor llevar ahora los platos con los restos de comida, así no queda pegoteada. ¿Los cuatro platos son míos? Dos tienen restos de frutas, los otros migas de una tarta. ¿En dónde tiro la basura? Me señalan un tacho enorme para los restos de frutas. Podría hacer lo mismo en mi casa. ¿No es esa mi casa? No, demasiado grande, los techos muy altos, altísimos, escaleras, aulas, habitaciones, parece un monasterio. Trato de pasar por desapercibido cuando tiro los restos de fruta, pero no puedo evitar hacer ruido, las alumnas dejan de prestar atención a la clase y me miran. Me dicen algo que no alcanzo a escuchar.
Dejo el aula y voy de un lado a otro llevando cosas. Es raro ese lugar, tiene aulas tan amplias y escaleras tan estrechas por las que mi cuerpo apenas puede pasar. Y subo las escaleras arriba y bajo las escaleras abajo. Pareciera que esas escaleras fueran de un caracol vivo, que las estrecha cada vez que subo y bajo para fastidiarme. Mi cuerpo también va cambiando, se vuelve más torpe, más frágil, menos resistente, me canso de subir y bajar, pero sigo llevando cosas, refunfuñando, maldiciendo. Ni siquiera mis palabras me pertenecen, digo Ay, Dios, me quejo como si fuera un viejo bibliotecario de una abadía medieval. Mascullo las palabras, son como una masa informe que tengo en la boca y voy escupiendo cada tanto.
Al subir una escalera estrechísima que me deja sin aliento llego a un aula en donde hay alumnas analizando oraciones sintácticamente. Una de ellas me pregunta si no tengo esas oraciones analizadas. Sí, alguna vez lo hice, en algún lugar deben estar esos papeles. Por favor, nos serviría mucho, ¿nos pasás tus apuntes? Sí, claro. Y bajo las escaleras abajo y subo las escaleras arriba. No sé si eran esos los apuntes, no sé si se entiende mi letra, si les vienen bien esos garabatos. No sé si es una materia de la secundaria que aprobé o todavía debo. No sé si terminé la primaria. No sé qué hago ahí. No sé tampoco por qué no me lo pregunto. Pero yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa. Y si yo soy otro, entonces no tendría por qué preguntarme por qué ese otro que soy yo no es este yo que vendría a ser también un otro que estuvo habitando la casa de otro, el cuerpo de otro, las palabras de otro y el sueño de otro. Y ahora, al despertar, sentir la agitación por haber subido y bajado esas escaleras tan reales como ese cuerpo, como esa abadía, como ese sueño tan ajeno y tan mío a la vez.
domingo, 8 de noviembre de 2020
Víctor y Víctor
Pensaba en el nombre de este blog, en busca de mis pasos. Pasos de viajes, de sueños, de pesadillas. Pasos por mi barrio, por Latinoamérica, por otros tiempos y espacios habitados. Pasos que se repiten y a la vez nunca son los mismos, aunque atraviesen el mismo río, que tampoco es el mismo. En estas repeticiones y variantes, siempre hay una primera vez, aunque cada vez estemos renovando algo, un modo de ver o de caminar.
Recuerdo la primera vez que fui a la ESMA. No era la ex-ESMA o la EXMA, como suelen decirle. Era todavía la Escuela de Mecánica de la Armada y tenía que rendir ahí el examen para el Instructorado de Natación. Cuando me tiré a la pileta, el agua estaba demasiado espesa, tenía la sensación de estar nadando en un caldo.
Pasaron varios años cuando volví, esta vez no para rendir un examen de los cuatro estilos, sino para presenciar una charla en la que se hablaba de literatura y dictadura. Me quedó flotando una pregunta que hizo alguien del público: ¿se puede hacer humor con el horror? Cuando terminó la charla, empezó a anochecer y recorrí ese lugar recientemente reapropiado. Había algo que todavía me parecía espeso ahí, tal vez el aire en algunos rincones.
Años más tarde volví un 24 de marzo. Ahí sí sentí que el lugar era otro, había mucha gente, de todas las edades, tanto para ver, para recorrer, para escuchar, los libros vivientes, las fotos, ese espacio ya había sido reapropiado, ya podía transitarse de otra manera.
Unos meses después, una amiga me invitó a una visita guiada un sábado por la mañana. Víctor Basterra estaba a cargo. Nos llevó por cada lugar en donde había estado secuestrado. Al llegar a Capucha, nos contó que un compañero decía a cada rato “¡Ay, Dios!” y que otro le respondió: “Sí, hay Dios, pero poquito... y acá no nos sirve ni mierda.” Nos empezamos a reír. Creo que Víctor respondió en ese momento a aquella pregunta que me había quedado flotando, sí, se puede hacer humor con el horror. De hecho, una manera de encarar a aquella cabeza de Medusa sin quedar petrificado es con ese gesto de Víctor. Me acuerdo del alivio que sentí después de reírme junto a él, el aire podía respirarse un poco más y el piso se hacía más transitable. Tantas, tantísimas veces Víctor habrá hecho ese recorrido con tantas personas, habitando este presente y disputando aquel pasado en cada paso, en cada relato, en cada foto guardada y luego exhibida. Lo mantuvieron en cautiverio tantos años, hasta en su propia casa, como dándole a entender que no había límites para su prisión ni en el tiempo ni en el espacio. Pero todo vuelve, dicen. Y cuando Víctor se liberó, lo primero que hizo fue volver. Una y otra vez, volvió. Con su cuerpo, con sus fotos y con su voz. Volvió a caminar, volvió a hablar, para que el cautiverio de su recuerdo se transformara en la cárcel de sus captores. Y nadie pudo detenerlo. Y ahora sus palabras caminan por el mapa mental que desplegamos de aquel lugar. Víctor sigue caminando, narrando, mostrando sus fotos, haciendo el aire más respirable. Víctor sigue estando presente. En cada paso, en cada foto, en cada relato. Presente. Como aquel otro Víctor, al que creyeron que harían callar, quebrándole las manos, acribillándolo. Pero aun así, su guitarra sigue resonando más allá de la cordillera, en un país que reescribe su historia, su presente y su futuro. Víctor Jara y Víctor Basterra regresan de tanto encierro, de tanta tortura, de tanta muerte. Regresan tomándole el pulso a esta primavera, ofreciéndose como memoria, como imagen, como canción, como relato de una lucha que todavía continúa.
sábado, 31 de octubre de 2020
En calzoncillos
Es temprano y hace frío. Me bajo del auto. Algunos chicos van entrando al colegio. Algunos docentes también. La directora se acerca a mí, pero en ningún momento me dirige la mirada. Yo la encaro frontalmente, esperando la conexión visual que nunca llega. Sin embargo, sé que me registra. En ese gesto de acercarse y no mirarme hay un rechazo y a la vez una necesidad de hablar. Me alivia que el protocolo no permita ningún tipo de contacto, no quiero que me abrace, que me dé un beso de bienvenida, no quiero que me toque. Igual, más allá de la normativa por la pandemia, no tiene ese gesto de quien se contiene para no abrazar al otro, más bien todo lo contrario, está mucho más dura de lo que ya es, probablemente se haya ido endureciendo con lo que pasó estos últimos días. Dicho sea de paso, no me arrepiento de nada. No me arrepiento de haber dejado en evidencia hasta qué punto ella, que pretende ser la reina del cuidado y la contención, no es sino una cínica y una manipuladora. Hasta qué punto no le importa la enseñanza ni la salud. Todo sea por la foto.
Finalmente se decide a hablarme. No me dice hola, cómo estás, dispara directamente sus dardos. Mejor. La próxima vez, dice mirando un punto lejano en el cielo, escribime a mí, mandame un whatsapp o llamame antes de armar ese escándalo frente a todos. Sonrío. Claro, lo que más le molesta es haber quedado expuesta, que se sepa cuál es su juego abiertamente. Yo no armo escándalos, le contesto, yo comunico por el canal que corresponde, no es algo personal, está en juego la salud de todos. No quiero que me llames vos ni que tus emisarias manden un audio un domingo por la tarde para explicar por qué no mandaron todavía los datos de la ART, no quiero que des vueltas alrededor mío como la serpiente de El libro de la selva, esta vez no vas a poder hipnotizarme porque ni siquiera podés mirarme a los ojos. No podés agarrarme de la mano con un gesto pretendidamente tierno y firme, llevarme a tu despacho en penumbras y ofrecerme la mitad de tu almuerzo: unas miserables galletitas tan secas como tu expresión adusta. No podés porque yo guardo mi distancia y vos estás demasiado lejos con la mirada.
Un ruido la hace bajar a tierra, un pelotazo contra la pared de la escuela. Unos chicos están jugando al paredón. No, no son alumnos. Cada pelotazo deja una nueva marca en la pared recién pintada. Cada pelotazo la tensiona más. Se acerca a ellos como una oficial de la Gestapo. No le dan mucha bola, la escuchan unos segundos y después siguen pateando, dejando en claro cuánto valen sus amenazas o su poder de persuasión para ellos. Primero patean suave, pero después vuelven a los pelotazos. La pelota llega a mis pies y la pateo hacia donde ellos están. Me agradecen y siguen jugando. Tal vez la directora lo tome como un gesto de complicidad. Que piense lo que quiera, me agrada mucho más el sonido de esos pelotazos que su voz y todo lo que tenga que decirme.
Sigo parado frente a ella esperando que dispare algo más, pero se queda callada. Entonces empiezo a sentir frío en mis piernas. Miro mis pies y me doy cuenta de que estoy en remera y calzoncillos. Yo no debería estar ahí. Mis alumnos no están en la escuela y no tendrían que ser convocados. Además, ya hicimos la actividad recreativa por Google Meet. Pero ella es capaz de convocarlos igual, contándoles a los padres lo ansioso que estoy por entrar al colegio con sus hijos para hacer miles de actividades. Si bien no me mira, seguramente se da cuenta de que estoy en calzoncillos. Pero no se inmuta, sigue en pie junto a mí dando a entender que el diálogo todavía no está concluido.
Me acuerdo de ese sueño que tuve a los cuatro años: al entrar al jardín de infantes me daba cuenta de que estaba desnudo de la cintura para abajo, trataba de bajar mi delantal a cuadritos azules para taparme pero no podía, era muy corto y en algún momento mi maestra o mis compañeros se iban a dar cuenta de que estaba con el pito al aire. Esta vez estoy en calzoncillos, pero la directora es consciente de ello y probablemente se quede parada sosteniendo ese diálogo mudo porque sabe que me cuesta retirarme y volver a mi casa, porque en ese gesto de controlar que hagan las cosas bien me estoy exponiendo, me estoy enfriando, me estoy debilitando. Ella lo sabe y apuesta a eso, su manera de sacarse de encima ese obstáculo que represento es mantenerme frente a ella semidesnudo, para que luego me retire enfermo y así pueda seguir tejiendo tranquilamente esta trama perversa que pretende llamar educación.
domingo, 25 de octubre de 2020
Paréntesis
Salto de casi dos meses, de aquella partida en barco a esta llegada en bicicleta, de aquel cuerpo soñado a este cuerpo real. Tantos meses sin pasar por la Biblioteca Nacional, sin cruzar Las Heras, Libertador, Alcorta, los árboles, el pasto, el cielo más abierto... aunque esta vez no tanto, las nubes se están cargando y anuncian lluvia para la tarde. Pero todavía es temprano, mamá descubre el ceibo, la alfombra roja bajo nuestros pies. La flor nacional, dice. Sí, me lo dijo la maestra de quinto grado, aclarando que se escribe tanto con “c” como con “s”. Siguiendo en clave roja aparece un cardenal, va de una flor a otra, rojo con rojo, de una rama a otra, nos mira, apunta el cielo con el pico y se va. Mamá se emociona, el pájaro favorito del abuelo Marcos. Estoy un poco cansada, me dice, podemos sentarnos en este banco, acá no hay nadie. Cierto, en mi sueño no se cansaba, podía dar un salto de ballet y decirme que estaba todo bien, pero acá es el cansancio real de su cuerpo el que está hablando. Nos sentamos. El banco está frío y a los cinco minutos seguimos caminando sobre nuestros pasos. A un costado vemos un tordo negro. Otro pájaro que le gustaba al abuelo Marcos. Decía que yo era un tordo. Él era rubio de ojos claros, como mis tías y mis primos. Yo morocho, de ojos marrones y piel morena, como mamá.
De ese paseo por recuerdos familiares en medio de árboles, flores y pájaros, vamos volviendo a la ciudad, al barrio, al presente de bocinas y gente. Por eso propongo un camino alternativo, por Bollini. Mamá se sorprende al entrar al pasaje, es otro paréntesis en medio de la gran ciudad, solo que este paréntesis no es de pasto, sino de adoquines. Le gusta, porque también sigue la tónica de transitar otro tiempo. Y camina por el medio de la calle, quiere sentir los adoquines bajo sus pies. Escucho un auto que viene, yo no quiero sentirte a vos bajo las cuatro ruedas, mejor subí a la vereda. Pasamos por La Dama de Bollini, por otras casonas viejas. De una cuelgan varias flores. Miro un balcón que está a la derecha y cuando vuelvo a mirar a mamá me doy cuenta de que tiene un par de flores en la mano. El mismo gesto de Tati afanando flores. No sé quién copia a quien, si la nieta a la abuela o la abuela a su nieta. Me río para adentro. Estamos a metros de salir del pasaje y como si hiciera falta dejar en claro que el ensueño se está por cortar y vamos a volver a la cruda realidad, el sonido de un impacto nos sobresalta. Después vienen las puteadas. Al llegar a la esquina vemos a una mujer que tiene una bicicleta (o lo que queda de ella) increpando a otra que se baja del auto. La rueda delantera parece la cinta de Moebius. La ciclista le dice de todo y tiene razón. La otra le dice no pasa nada, mi seguro te va a pagar todo. ¿Si me sacabas una pierna también me la iba a dar tu seguro? Mamá mira desde la vereda de enfrente y cuando ve que quiero cruzar me dice qué hacés. No te preocupes, ya vengo. Justo pasa un patrullero, pero sigue de largo. Mejor. Cruzo y le pregunto a la ciclista si está bien. Me dice que sí, me agradece, le pide disculpas a la mujer que manejaba por las puteadas, ambas se empiezan a entender en otro tono, cruzo y vuelvo con mamá. Justo hablábamos de cómo está la gente en la calle antes de ese paréntesis del choque. O tal vez el paréntesis haya sido lo anterior, la caminata por los adoquines del Pasaje Bollini y por el verde de Palermo.
domingo, 30 de agosto de 2020
El salto de mamá
Estamos caminando mamá, Denise y yo. Hace un poco de frío. Si bien tengo short, creo que en algún bolso hay abrigos. No me queda claro si el barco va a pasar por lugares cálidos o fríos. ¿Será suficiente el abrigo que llevo? Mamá nos acompaña hasta el barco. Cuando estamos entrando Denise empieza a tocar la flauta. Tiene una barroca parecida a la mía. Le digo que tal vez no es buena idea tocar justo ahí, en ese momento. Mamá nos dice que está orgullosa de nosotros, que tomamos decisiones diferentes a las que ella habría esperado, que está bien. Le pregunto si va a viajar con nosotros, porque se escucha la sirena del barco. Me dice que no. La acompaño a la salida, pero el barco ya se está despegando lentamente del muelle. El personal se da cuenta de que mamá trata de salir y la ayuda. Yo también le doy una mano para que no se caiga. Por momentos parece fácil salir, por momentos no tanto. Se sienten las olas, la plataforma que se acerca y se aleja. Dos marineros la ayudan a dar un salto que se prolonga unos segundos en el aire. Me preocupa la caída, que no se haya lastimado los tobillos. Me mira como diciendo está todo bien, pero no sé si en verdad está todo bien. Nos vamos alejando y habría preferido que nos despidiéramos de otra manera, sin tanto sobresalto.