miércoles, 30 de marzo de 2016

Sapos verdaderos en jardines imaginarios

No recuerdo a dónde iba. Era un lugar abierto con pasto y árboles alrededor. Recientemente había llovido, tal vez por eso los árboles y el césped tenían un verde más intenso. Las baldosas por las que caminaba tenían algo de irreal, ciertas líneas que se inclinaban con mis pasos, colores que se avivaban u oscurecían, lunares que aparecían y desaparecían. Y entonces los vi: sapos camuflados con lunares y rayas de los mismos colores que las baldosas. Empecé a caminar más despacio para no pisarlos. Pero era difícil, estaban muy bien mimetizados con ese extraño paisaje y hasta no sentir el suelo firme en cada paso no podía estar seguro de no haber aplastado alguno. Como decía al principio, no recuerdo a dónde iba, pero creo que no podía llegar a destino, solamente me queda en la memoria esa extraña transición, ese camino plagado de sapos multicolores rumbo a un lugar al que no iba a llegar.
Y al despertar, ducharme, volver a la cama y retomar la lectura de Música para camaleones me encontré con ese diálogo de gemelos siameses que nunca antes había leído: 
P: ¿De qué tiene miedo?
R: De sapos verdaderos en jardines imaginarios.


jueves, 11 de febrero de 2016

Arder

Arder. Ahí, abajo, en el sótano del Museo de la Memoria. Primero hay que pasar por el mural en donde resuena el último poema de Víctor Jara, atravesar esas palabras, canto, que mal me sales cuando quiero cantar espanto. Uno no queda indemne después de releer ese poema, una vez más, el gusto amargo y a la vez la fascinación por la claridad de Víctor, de escribir algo así cuando no hay palabras, no hay espacio, no hay tiempo, no hay aire ni manos para escribir. Y así, con esa rima que sigue resonando acá, en el lado interno del oído, así uno baja las escaleras. Y está bien bajar las escaleras, como un descenso a los infiernos dirían unos, como una pasarela dirán otros o los mismos, Santiago está caliente, pero ahí abajo la temperatura sigue subiendo. Y de entrada nomás está ahí, mirándote, el manifiesto. Uno que ya venía con la guardia baja por el canto de Víctor y se encuentra con el cross directo a la mandíbula de aquel manifiesto impecable. Del poema de Víctor al manifiesto de Pedro, qué los une, qué los separa, una escalera, trece años y tantas vidas fugadas en el medio. ¿Qué habrán pensado quienes escucharon recitar a  Pedro en el 86, en plena dictadura? ¿Quién es ese tipo? ¿Quién es esa loca? Y ante todo, Pedro empezaba diciendo quién no era, que también es una forma de definirse. No soy Pasolini pidiendo explicaciones. No soy Ginsberg expulsado de Cuba. No soy un marica disfrazado de poeta. No necesito disfraz. Aquí está mi cara. Porque, hay que decirlo,  Pedro tuvo más huevos que toda esa manga de soretes uniformados que se creían tan machos por tener la pistola y la cachiporra a mano, Pedro tenía como armas sus palabras  punzantes y desde su más honda memoria catapultó cada línea frente a todos, hizo arder todas las letras del abecedario y como si esto fuera poco se incendió él mismo,  haciendo del cuerpo y del lenguaje una materia indivisible  que se forjaba bajo la llama abrazadora de un mismo fuego. ¿Qué habrán odiado más de él, qué le habrán perdonado menos? Alguna vez le confesó a Bolaño que no le perdonaban que él no los hubiera perdonado, no le perdonaban el certero tiro de cada dardo que disparaba en  una pequeña porción de tierra que se resistía a abandonarse al olvido. Nadie más lejos del olvido que Pedro, nada más presente que sus palabras. A veces uno cree que el fuego es una llama  efímera, pero después de leer a Pedro, después de recorrer sus mundos, sus amaneceres incendiarios, uno no puede evitar arder, uno no deja de sentir esa llama que no se extingue con el correr del tiempo y canta a viva voz sin temor a ser callada.



sábado, 24 de enero de 2015

La voz de Pedro

Lo recuerdo hace dos años en el Conti con esa voz de ultratumba, después de la operación. El cirujano le había advertido que podía quedar sin voz. Por eso, antes de entrar al quirófano, pidió permiso para decir sus últimas palabras. Y ante el cuerpo médico que aceptó el pedido, exclamó: "¡Piñera, conchitumadre!" Recuerdo cómo me hizo reír esa tarde. Ese humor ácido, esa ternura feroz, esa forma de ver, decir y vivir. Estábamos en lo que alguna vez había sido uno de los mayores centros de tortura de Latinoamérica. Pero esta vez él era el que llevaba la voz cantante. Aunque estuviera ronco, aunque el bisturí le hubiera pintado ese sonido sordo que hacía de su voz su propio eco. ¿Qué le van a decir a él de militancia? Ahora todos podemos hablar de diversidad, ¿quién carajo se animaba en el verano del 73 a calzarse los tacos, el vestido y montarse como una yegua a los soldados que venían a combatir el apocalipsis? ¿Quién fue capaz de reinventar un idioma, una manera de relatar que se devora y se burla de sí misma? ¿Qué son esas palabras, esos términos que no figuran en la Real Academia Española? ¿Qué son esos listados de locas y colizas que escapan a cualquier intento de categorización? Porque sus crónicas son mucho más que crónicas. Porque no hay género que lo clasifique ni a Lemebel ni a su obra. Porque nos enseñó a reírnos de todo, sobre todo, de nuestros propios tabúes. Nos hizo reírnos tantas veces de los militares y sus bayonetas, de un Pinochet con los pantalones cagados, de esos ciegos burócratas que creen que la democracia es un abuso de la estadística, de esas viejas copetudas arribistas, de estas colizas, locas hasta rabiar, hasta reventar de risa. Nos hizo reír hasta del sida, nos hizo reír de los intentos fallidos de algunos de mantener al sida bajo un velo de solemnidad. Y ahora, no digan que no sigue dando batalla. Porque se ríe de la Muerte, de una Muerte con mayúsculas, de esta puta Muerte que hace tiempo lo está esperando. Es que con tanto fiambre avinagrado, la Muerte también tiene derecho a divertirse. Y seguramente, quebrando un forzado silencio fúnebre, la voz de Pedro suena y resuena, haciéndose eco de risas y más risas, como para que no queden dudas de quién tiene la última palabra.

lunes, 21 de abril de 2014

Cien años de libertad

Cena en familia quebrando todos los preceptos, hay pan con levadura, hay carne, somos unos herejes, se mire por donde se mire. Pero la pregunta no falta, no puede faltar. ¿Qué es la libertad? Menos si la hace mi viejo... y si la que responde es Sofi. ¿Qué es ser libre? Sofi se revuelve en el asiento, se ríe, se toca el pelo, se vuelve a reír... y finalmente nos dice... ser libre es estar solo. Nos quedamos callados, de una pieza. Por qué no. Cuando está con los abuelos, con los padres, con los tíos, con tanta gente que la quiere y la cuida tanto... no puede hacer lo que se le canta... pero cuando está sola... ahhhh, cuando está sola, eso sí que es libertad.

lunes, 24 de marzo de 2014

Esperando

No está mal la pregunta que me hicieron el viernes en el ISTLyR. ¿Qué recuerdos personales tenés guardados de la última dictadura? No algo que hayas leído en los diarios o en un libro, algo que hayas vivido. Me acuerdo que a los cinco y a los seis años no me gustaba que mis papás salieran de noche. ¿A dónde van? A ver una película. ¿A qué hora vuelven? No sé, ¿por qué controlás tanto? Parece al revés, como si vos fueras nuestro papá. Una vez mi tío Herman me preguntó por qué me ponía nervioso cuando mis papás salían de noche. Porque pensaba que algo les podía pasar. ¿Qué cosa? No sé, algo malo. ¿Como qué? No lo sé... algo que no les permitiera volver nunca más a casa, que el tiempo pasara y pareciera que la tierra se los hubiera tragado. Cuando salían a una fiesta, al teatro o al cine yo me quedaba en el living mirando ese cuadro de Jeremías contemplando la destrucción del templo. A veces merodeaba por la biblioteca. Me acuerdo cuando encontré aquel libro con esa tapa horrenda, en la que un viejo de pelo largo y canoso que abría los ojos como un desquiciado devoraba el cuerpo de un joven. Después aprendí a leer y me enteré de que era Saturno comiéndose a su propio hijo. Peor. Arnaldo Rascovsky había elegido el famoso cuadro de Goya para la tapa de La matanza de los hijos y otros ensayos y mi mamá tenía ese libro ahí, a mano, alimentando mi espanto y fascinación. ¿Qué podría pasarles a tus papás?, indagaba el tío Herman. No tenés que creer todo lo que dicen en la tele. En la vida real no pasan esas cosas. ¿Realmente creía lo que decía? Papá decía que la realidad superaba la ficción. ¿Cuál era el gran temor? Acaso que no volvieran nunca más... pero lo peor, que no hubiera rastro de ellos, que nada indicara su ausencia más que mi espera. Ni Saturno ni Jeremías eran grandes compañeros. El templo de Jerusalén igual iba a ser destruido y no podía evitarse lo que Júpiter estaba por hacer, por más que a Saturno le pintara el canibalismo o terminara llenándose la boca de piedras.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Concepción sin estrella

¿Por qué vine a Concepción? No lo sé. Es extraño que en una ciudad con ese nombre la navidad pase por desapercibida. O al menos para mí, es como si nada hubiera pasado. En Santiago sentí cierta tensión en algunos lugares, por ejemplo en el Palacio de la Moneda, donde unos perros me ladraban delante de un carabinero, acaso más rabioso que esos mugrientos animales. Pero en Concepción, cuna del MIR, no pude encontrar los ecos de esas voces, no alcancé a dar con las huellas de aquellos pasos. Tampoco, volviendo al presente, estaban los ruidos previsibles por los festejos navideños. Nada. Las calles vacías, mudas. Como si una gran boca se hubiera devorado todo rastro de civilización o incluso de barbarie. No había nada. Ni gritos de alegría ni gritos de terror. Ni ruidos de vidrios rotos ni la estridencia de los petardos. Como si una gran noche ausente se hubiera tragado todo, la voz y el cuerpo, el sonido y la furia. Ni siquiera pude dar con los pasos de aquella estrella distante de Bolaño. ¿En dónde estaban los talleres de Juan Stein y de Diego Soto? ¿A qué edificio pertenecía la habitación sangrante de la que Bibiano no podía escaparse ni en sus recuerdos? ¿En dónde hay algún rastro, poema o detalle mínimo que remita a las hermanas Garmendia? Nada. Como si quedaran menos que palabras. Solo viento y silencio. Como si aquella novela hubiera sido escrita en el aire y todo hubiera quedado diluido por la invisible brisa del ahora.